Se suele hablar de la creatividad como algo extraordinario, como una cualidad que sólo unos cuantos privilegiados poseen y que provoca la admiración de los demás. Según eso, las personas creativas deberían gozar de unas neuronas especiales, fruto de unos genes que se transmiten de generación en generación sólo en ciertas familias de humanos y que se expresan en unos pocos de ellos. Pero basta un mínimo de observación para comprobar que la creatividad es una potencialidad que existe en todos nosotros. Es, simplemente, una respuesta cerebral adecuada y acertada ante un problema especial, concreto, diferente de las tareas mentales diarias.
El cerebro, en general, y el del humano en particular, es una máquina asombrosa capaz de realizar procesos enormemente complejos; a su lado, las tecnologías actuales más punteras resultan tan toscas como hachas de piedra sin pulimentar. Sin embargo, ese portento de la naturaleza es empleado habitualmente para asuntos bastante banales. Es como si utilizásemos el Titan, el superordenador más sofisticado que existe a día de hoy, fabricado por Cray, para sumar los precios de la cesta de la compra.
En cambio nosotros, que hasta el más lerdo de los humanos maneja una máquina miles de veces más potente que el Titan, y que ha costado fabricarla millones de años de evolución, descuidamos la calidad de las preguntas, desaprovechando la mayor parte de sus capacidades para producir respuestas adecuadas a nuestras necesidades. Luego nos quejamos de que aún estamos poco evolucionados. Los científicos anglosajones suelen decir “Garbage in, garbage out”, si metes datos basura en un ordenador, obtienes resultados basura. ¿Por qué íbamos a ser tan diferentes de las máquinas que fabricamos?
Sin duda, lo más complicado de la creatividad es definir bien cuál es el problema que se desea resolver. La persona creativa es la que, en primer lugar, sabe formular preguntas nítidas y abordables ante los problemas que se le presentan. En esa tarea importa relativamente poco si los problemas son muy sofisticados y exigen un gran nivel intelectual o si son, al menos aparentemente, de andar por casa. El mérito es el mismo porque esa labor no es nada sencilla.
Todos tenemos la mente acostumbrada a una serie de rutinas concretas y cuanto más concretas y más repetitivas mejor las realizamos. En ese sentido y aunque exige sacrificio y bastante tiempo de dedicación, es relativamente sencillo llegar a ser un buen especialista. Todos lo somos en algún campo del conocimiento o en alguna habilidad.
Dentro del cerebro esas rutinas significan caminos neuronales concretos, con conexiones preferentes que se refuerzan con cada utilización, dado que el sistema emocional se encarga de favorecer el uso de esos circuitos si considera que funcionan con la necesaria eficacia. El asunto es que el mismo cableado se utiliza también para muchas otras funciones, entre ellas las que constituyen eso que llamamos nuestra personalidad. El “yo” que piensa lo que está haciendo y lo que quiere hacer y que se ve a sí mismo como una unidad coherente e inmutable, desde la que contempla al resto de los humanos, el mundo y el universo, utiliza para existir parte de los mismos circuitos que ha favorecido con la especialización. Así que nuestro “yo” tiende a enfocar los asuntos usando/siendo-usado por los mismos hábitos que ordenó engendrar; tiene una gran tendencia a seguir apretando tuercas, como Charles Chaplin cuando se vuelve loco en la famosa secuencia de “Tiempos Modernos”
Conseguir una cierta objetividad para identificar los problemas en lo que son y no en lo que nos gustaría que fueran, o cómo la mente condicionada los imagina, significa tener la flexibilidad suficiente como para permitir que otros circuitos cerebrales puedan entrar en funcionamiento y comparen informaciones diversas y experiencias almacenadas en millones de rincones del cerebro. Una tarea nada sencilla porque los hábitos se empeñan, nos empeñan, en juzgar las cosas y las situaciones a través de los filtros que ellos mismos son. No nos hace falta nadie para condicionarnos a nosotros mismos, lo cual arroja una sombra de duda sobre nuestra pretendida coherencia e independencia mental.
Hay personas que tienden a ser mentalmente flexibles por naturaleza propia, pero es una cualidad educable y que puede ser entrenada en cualquiera, siempre que, claro está, esté dispuesto a prestarle la atención, esfuerzo y tiempo que esa tarea necesita. También sucede que es una cualidad muy frágil y la educación, involuntariamente, puede aplastarla fácilmente y llegar incluso a castrarla.
Ese es el punto cero de partida de la creatividad. Una vez que en nuestra mente el problema ha sido adecuadamente identificado y definido, la circuitería cerebral se pone en marcha y busca la mejor solución posible para los recursos de conocimientos y habilidades disponibles. Ese proceso, el camino de la creatividad, es enormemente complejo pero admite ser agrupado en varios grupos de procesos que también pueden ser favorecidos mediante un entrenamiento específico. Los iremos viendo en siguientes artículos, pero antes insistiremos en otros aspectos básicos, a tener en cuenta en la identificación del problema, que se refieren tanto a ese fantástico mundo interior del artista como al mundo exterior de la vida cotidiana de hoy, que tan desesperadamente necesita grandes dosis de creatividad.
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